quinta-feira, 25 de dezembro de 2014

Democratización de la obra de arte


Walter Benjamin advertía ya en el año 1936 de la perdida de aura de la obra de arte, esto quería decir, que perdía, con ello, su carácter de singularidad, en el sentido de experiencia irrepetible. Con consecuencia, también perdía, el sentido de ritualidad con la que se creaba. De esta manera, se transformaba su valor expositivo y por tanto, también su función dentro de la sociedad.
Ya no se consideraba única, ya que existía la posibilidad de ser reproducida.
Esto llevaba a la obra de arte a situarse en el sistema de una forma más democrática, a la que cualquier individuo podía tener acceso. Por tanto, de esta forma, podría decirse que se politizaba.
Al ya no poder crear aspectos/significados culturales específicos y con la pérdida de su sentido/carácter ritual la producción artística pasaba a tener un valor político.
La tan temprana premonición De Walter Benjamin nos advertía de nuestra cultura de masas y era de la imagen, en la que hoy vivimos inmersos. De esta forma, la función y sentido de la obra de arte, es otra. Tiene en sí, un carácter más diseñado, como es el caso, al que se refiere el autor, el cine.
El diagnostico de Benjamin se cumple. La obra de arte hoy en día, esta más al servicio de la política, en su mirada masiva, ya que ha perdido su función autónoma que le otorgaba su historicidad de ritual. Relacionada a esta cuestión el arte, pierde en cierto modo, lo cultural, para convertirse en industria, un paso más, que entiendo que es el concepto tratado posteriormente por Adorno.
Adorno, situá en el mismo lugar la postura del arte político (vanguardias) y la pura industria Cultural (sociedad de masas), tan solo son una modalidad mercantil del mismo violento sistema capitalista.
Lo que para Benjamin seria una lucha de clases, la postura de Adorno es más pesimista y apunta a a la extinción del arte en el sXX por su falta de individualidad, ya que cualquier critica, arte político, es absorbido por la industria cultural, convertido así en discurso fetiche.
Este me parece un debate interesante, en relación a luchas de resistencia que se neutralizan e incorporan a discusiones hegemonicas denunciadas opositoras: ¿Hasta que punto los propios intelectuales, críticos y artistas en su circulo cerrado de discusión no delimitan sus propios intereses revolucionarios? Que relación debería existir entre praxis y discurso? Si todxs somos iguales frente al sistema del arte queda este en manos del poder? Hasta donde apostar por la forma?